Sociedad

¿Y eso qué más da?

Creo que es una de las frases que más repito últimamente, tanto en voz alta como dentro de mi cabeza. Y la verdad, me sirve para afrontar las cosas con una perspectiva muy interesante. Desde que iba al instituto y alguien me enseñó, en una clase de filosofía, que cuestionárselo todo era la base del progreso (del de verdad) siempre lo intenté. Creo que cuando era muy pequeño freía a preguntas a mi madre, que es muy paciente y contestaba siempre que podía. Poner en duda las cosas, plantearme porqués y todas esas cosas es algo que hago a menudo, y reconozco que a veces me convierto en un pelmazo.

Preguntarme alguna variante de “qué más da” (¿Eso en qué me influye? ¿Eso por qué tiene que preocuparme? ¿Es algo imposible?) me ayuda a poner los pies sobre la tierra y descartar cosas que en otro momento de mi vida me supondrían pérdida de pelo y alta tensión. No confundir esta actitud con el pasotismo que también me caracterizó durante años. Es más algo práctico y que, realmente, me funciona.

Gracias al “¿y qué más me da a mi?” fortalezco mi autoestima, porque al preguntármelo estoy obligado a responder. Se puede decir de una forma más elaborada como “¿Prefiero quedarme mirando el dedo o prestar atención a lo que señala?”. Más que cuestionar información (que lo hago y mucho, y duramente a veces) lo que más me cuestiono es la opinión de la gente, y más pensando en la opinión de la masa.

¿A mi qué me importa lo que suelte una masa enfurecida o una masa fanática, o una masa inculta y llena de sentimientos como el odio? Nada. Me aporta menos que nada, y me refuerza mucho más en el camino de seguir así. No significa no oír, no escuchar, sino que significa no caer en su juego, no picar anzuelos. A veces es ir contracorriente: no hay nada de malo en ello. Cuando digo que no me importa nada, es que realmente consigo controlarme (es difícil) y comprender que la masa no es mi guerra, por definición.

Si yo soy seguidor de alguna personalidad, de alguna corriente ideológica, si me gusta esto o lo otro, si soy o no creyente, si odio las palomas… es cosa mía. Siempre, siempre, habrá alguien que critique cualquier cosa, las que hagas o las que dejes de hacer. El caso es que, como decía al principio, ¿a mí eso qué más me da? ¿Va a cambiar en algo mi vida privada porque 1, 10, 100 o 1.000.000 (me) griten? No. Es más, es muy costoso defender a capa y espada nuestras motivaciones y motivos frente a los que siempre están confrontados, los que no razonan y los que no escuchan. Y ten en cuenta que a quien hay que rendir cuentas, al final del día, del año, de la vida, es a ti mismo y (claro) a tu familia.

Y con esto no quiero decir más de lo que está escrito aquí.

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